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Yvonne Nicholls, medalla a la indisciplina

A pesar de que nos conocemos desde hace mucho tiempo, sólo a la hora de repasar este diálogo que sostuvimos hace poco en su apartamento caí en cuenta de que Yvonne Nicholls y yo tenemos en común una característica que pocos podrían imaginarse.

Y no me refiero solamente a esa actitud descomplicada frente a la vida, a esa forma inclemente y frentera de decir las cosas –que por momentos raya con la impertinencia– ni al hecho de que las dos nacimos en Ecuador (ella en Quito, yo en Guayaquil), pero somos más conocidas en Colombia. Lo que nos asemeja bastante –¡quién lo creyera!– es que somos un par de indisciplinadas irredimibles. Aunque en casi todo lo demás somos muy diferentes, no toleramos lo convencional, ni  soportamos vivir sometidas a esquemas ni parámetros definidos por otros.

Sin embargo, en los casi cuarenta años que lleva en la organización Bolívar, a la cual llegó sin mayores expectativas al comienzo de los años 70, Yvonne ha sabido convertir esa indisciplina, más que en un sello personal, en una virtud que hace poco se vio recompensada con uno de los mayores reconocimientos que puede recibir un colombiano: la Cruz de Boyacá.

Como buena contertulia que es, Yvonne es una de esas personas con las que se puede conversar de todo; sin rodeos, sin misterios. De lo que sabe habla sin adornos y de lo que no sabe, pregunta sin inmutarse. Con ese desparpajo que la caracteriza, empieza contando que hace 39 años Alfredo Irirarte la llevó a Seguros Bolívar diciéndole: “Yo la contrato por un año; hace una convención mala y da unos regalos de navidad feos, y el año entrante la cambio por otra”.

En esa época—recuerda Yvonne— en las grandes empresas el papel de las relaciones públicas era insignificante, muy secundario. “Sin embargo, yo me fui metiendo, metiendo, y llegamos hasta donde estamos hoy. Aquella Navidad compré unos regalos muy bonitos e hice una muy buena convención de la compañía y me quedé. Pero la verdad es que no hacía nada”, admite mientras le brillan esos ojazos verdes que inmortalizó el maestro Osuna en sus caricaturas.

Si la disciplina es la “observancia de las leyes y ordenamientos de la profesión o instituto”, es evidente que Yvonne siempre ha estado lejos de encajar en los cánones de la corrección social o el buen comportamiento. En su casa “era necia, terriblemente necia, me la pasaba en fiestas y me escapaba por las tapias, mientras mi mamá rezaba y lloraba; qué más iba a hacer. Yo era un desastre”, confiesa con cara de poco arrepentimiento. Y esa indisciplina fue la que puso en práctica desde un comienzo en su nueva empresa, en la cual las relaciones públicas también eran algo completamente marginal.

De hecho, Camilo Posada –quien era uno de los vicepresidentes de Seguros Bolívar y hoy es gran amigo suyo– propuso eliminar ese departamento y suprimir el cargo de Yvonne, argumentando que “si una empresa no hace serruchos, no necesita relaciones públicas”.

Unos meses después de su ingreso a Seguros Bolívar, en una charla con su amigo Ernesto Rodríguez Medina, cuando salió a colación un premio que le habían dado tiempo atrás a Iáder Giraldo –destacado periodista de la época– y del cual sólo hubo una versión, a Yvonne se le ocurrió la idea de crear un premio anual de periodismo, patrocinado por la aseguradora, para reconocer la labor de los periodistas del país. Siguiendo el esquema de varios concursos internacionales, armaron una propuesta que le presentaron a la Junta Directiva y la cual tuvo una acogida unánime.

Pocos meses después esta traviesa consuetudinaria estaba al frente del que ha sido el galardón colombiano más importante en los medios: el Premio Nacional de Periodismo ‘Simón Bolívar’.  En su primera versión, el reconocimiento a la Vida y Obra le fue otorgado a Roberto Posada García–Peña, entonces director del diario El Tiempo. Al año siguiente, por decisión del mismo jurado –integrado, entre otros eminentes personajes, como Álvaro Castaño, Eduardo Carranza y Alfonso Castillo– ese honor le correspondió a Álvaro Gómez Hurtado, director de El Siglo.

Con estas distinciones, Yvonne tenía a todo el gremio periodístico hablando de ella y de su premio. Y no es para menos, pues este concurso se ha convertido en el punto de encuentro de todos los periodistas del país que anualmente se dan cita alrededor del evento y también ha contado con excepcionales testigos de honor como la escritora brasileña Nélida Piñón, el periodista Jon Lee Anderson y Álex Grijelmo, director de la Agencia EFE.

El más recordado por Yvonne es el periodista y escritor venezolano Miguel Otero Silva, a quien define como “cultísimo y buen bailarín”. También recuerda con especial cariño a la escritora mexicana Ángeles Mastreta y al periodista español Juan Luis Cebrián. En cambio, no la impresionó tanto Mario Vargas Llosa, “a quien invité porque se me parecía mucho a un personaje del que yo estuve terriblemente enamorada. Yo le conté eso a Vargas Llosa y nos moríamos de la risa”.

Su sueño se estaba cristalizando, pues esta díscola y hermosa relacionista siempre había anhelado ser famosa. Cuando sus amigas pensaban en ser madres, ella lo que quería era ser conocida por todo mundo. “Yo siempre me preguntaba cómo hacía Gloria Valencia para salir en las fotos de los periódicos”.

Y no es que Yvonne no pensara en hombres, ni que se portara como una monja de la caridad. A una indisciplinada consecuente como ella, además muy linda, no le faltaban los pretendientes, pero su meta nunca fueron las sortijas, los altares y azahares con los que sus amigas se sentían realizadas y por eso rechazó tres ofertas de matrimonio que le hicieron sus novios. Pese a que tenía novios, tinieblos e intermedios, el matrimonio nunca le llamó la atención.

Pero si Yvonne no tiene parámetros para actuar, ni para comportarse, tampoco los tiene para trabajar. Aunque que se codea con destacados personajes del periodismo y la cultura, nunca ha sido muy amiga del protocolo ni del acartonamiento. “El protocolo simple lo aprendí en la casa. Mi mamá era muy refinada y elegante; y como mi papá fue diplomático viajamos mucho y algo me quedó. Además, José Alejo (José Alejandro Cortés, hasta hace poco Presidente de Sociedades Bolívar y jefe de Yvonne) es muy sencillo y poco amigo del boato. Y cuando hay presidente de la República a bordo el protocolo lo organiza la Casa Militar y uno no tiene que preocuparse por nada”.

Y así como no tiene normas para comportarse, Yvonne tampoco tiene secretos mágicos para trabajar, ni para organizar reuniones memorables en su oficina o en su casa. “He invitado gente que se podía matar en la calle, pero en mi casa se comportan divinamente”, recuerda con una sonrisa. “No tengo fórmulas para hacer relaciones públicas ni para hacer amigos; son cosas que se me dieron en la vida. Eso sí, soy muy buena amiga, y detallista, sobre todo cuando mis amigos están en la olla. Y soy una tumba”, remata sin rodeos.

Y al parecer sus amigos le corresponden, no sólo con medallas, como la que le acaba de otorgar su gran amigo Juan Manuel Santos –quien no ahorró elogios al imponerle la Cruz de Boyacá– sino también con detalles que la emocionan. “Por la condecoración me han llegado más de cien canastos de flores”, dice entre orgullosa y conmovida.

Con esa distinción el Presidente de la República no sólo le hizo un reconocimiento a la mujer que se inventó el concepto de las relaciones públicas como las conocemos hoy en el país, sino que también premió a una mujer que, sin proponérselo convirtió la indisciplina en una fórmula de éxito, tal y como le consta al mandatario, uno de sus antiguos cómplices de picardías.

—Revista Diners
Agosto 9, 2011

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